La pieza que sobra del puzzle

Me he preguntado si mi creciente cinismo es debido a que la mayoría de mis conversaciones sustanciales se dan con Murron. Aunque admito que esta realidad tiene su peso,reconozco que he observado en mi compañero de vida la misma evolución. De hecho, está siguiendo la misma linea que nosotras aunque a un paso más calmo, más como es él.

En mi caso, empezó siendo una medida de autoconservación cuando era muy jovencita, harta de ser una tonta niña buena. La que fue mi mejor amiga cuando yo tenía quince años, mi querida Anna, era tan cínica y ligeramente más cruel que Murron. Yo la admiraba por encima de todo. No era un modelo que quisiera seguir en otros aspectos, pero su capacidad para desmontar al enemigo- es decir, todo aquél que nos trataba mal, es decir, muchos- era algo que yo me esforzaba en imitar. Sin embargo, mi estima hacia ella me hizo ciega a lo que realmente hacía que no le levantaran la voz, y era el deseo del 98% de quien la mirara de, o bien tirársela o bien ser como ella. Anna era preciosa. Lo sabía y lo explotaba. Lo explotó tanto que con veinte años decidió asentar la cabeza,como se suele decir, pero lo que hizo más bien fue apoltronarla. Bueno, dejemos eso. El tema es que, aunque tarde, me di cuenta de que, lejos de ni poder acercarme al atractivo de mi amiga, la superaba en cuanto a cinismo, sarcasmo e ironía, tanto, que la mitad de las veces no me entendía ni Dios. La otra mitad sólo me escuchaba él. Pero ese error de apreciación, hizo que me espavilara neuronalmente.

Cuando Anna salió de mi vida-y de mi comunidad-,me quedé francamente sola. No es que no hablara con nadie, pero con los pocos que me hablaba no tenía nada en común. Y empezaron a resonar en más de una ocasión unas palabras que, con los años, me han quemado tanto la sangre, que cuando alguien me las dice lo mejor que puede esperar es que me largue sin decir ni mu.

Me das miedo,tía”

¿Miedo? Yo no entenderé jamás a la gente, pero lo que no entiendo lo pregunto. Así lo hacía en aquellos años, pero las respuestas que obtenía me aterrorizaban por lo vacías, lo estúpidas, lo ignorantes, lo graves,lo nímias… Ahora pregunto, sigo obteniendo el mismo tipo de respuestas pero ya no me desespero:me la sopla y hago lo posible por dejar claro la intensidad del viento. Lo único de lo que estaba segura cuando era jovencita era de mi forma de ser. Me gustaba. Me molestaba mucho no poder controlar mi mala leche y ser tan jodidamente sensible, pero por lo demás, dormía muy bien.

Y por lo visto, para los demás, Los Otros, eso da miedo. Nunca me planteé -y debería haberlo hecho- que era mejor que me dijeran que daba miedo a que me llamaran gorda, o cerdita o lindezas similares. Me concentraba en cagarme en todo porque, y eso no ha cambiado, no entendía por qué no lograba encajar y cuando no entiendo algo, me subo por las paredes.

Entonces,¿qué teníamos? Cuando era pequeña, me amargaron la vida las monjas y las católicas en pequeño , que eran más reencarnaciones del diablo que otra cosa, porque según ellas era una llorona, era débil y la diana perfecta. Cuando era jovencita, daba miedo porque tenía muy mala leche y porque aún sin saber lo que quería,tenía muy claro lo que no quería.

Y ahora, tengo treinta y seis años y cada día me doy más cuenta de que no es Murron la causa. No es ella la responsable de que sea abiertamente contestataria, ni de que me cague en las muelas de quien dice estupideces, ni de que esté loquita por irme a vivir a una casa aislada con jardín lejos de comerciales cabrones que interrumpen la siesta que mi hijo me exige cada tarde, provocándome palpitaciones innecesarias. Ella no es la culpable. Ella me acompaña y yo a ella. Somos diferentes. Incluso entre nosotras,somos distintas pero complementarias. Reconozco que en ocasiones damos miedo juntas, pero si no observamos mala intención, no respondemos. Simplemente, somos dos mujeres que a causa de topar con leones por corderos nos vimos unidas y hemos elegido seguir así. Y hay algo primordial en lo que coincidimos: estamos hartas de hipócritas, mentirosos, lerdos y panolis.

Tiemacil, que saca de sus casillas a Murron cada vez que respira, también ha desarrollado una vena cruel y puedo asegurar que es el hombre más pacífico que conozco. Cuando le pregunto sobre ello, me mira y sonríe pícaramente. Supongo que para él finalmente ha llegado el momento de dejar de ser tan buen niño y ser más él de una puñetera vez. No dejará de ser un alma conciliadora porque lo lleva en la sangre, pero ahora es más real que nunca y él lo sabe.

Sonreirá por eso, digo yo.

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