Tengo una caja. En ella decenas de cartas son las prueba de un pasado adolescente movido por el romanticismo más dulzón y empalagoso.Hay algunas excepción de minutos invertidos en otros menesteres más espirituales, como las que recibía de mi queridísimo Padre Topete, quien intentó que mi rechazo a lo católico fuera menos violento, dándome como ...