Las ciruelas rojas maduras y aplastarlas dentro de la boca. La sandía cuajada de pepitas negras.El olor de las magnolias. Escandalizar. Pasear bajo la lluvia y que te cale hasta los huesos. El olor a tierra mojada. Las cebollitas y que amarguen. La brisa de Cullera que te deja la piel pegajosa oliendo a mar. El olor de los pinos a resina. Las almendras crudas. El humor negro.
Robar en las huertas. La soledad. El silencio. Las caricias que no se esperan. Cocinar. Las especias. Mojar pan. El olor a chusca. Las mecedoras de madera. Las chimeneas. Los libros. Las bibliotecas antiguas. Los cerdos. Las ovejitas. La cerveza bien fría. Las carcajadas estrepitosas. Escribir. Leer. Las pelis que siempre acaban mal. Llorar viendo Los puentes de Madison. Los besos lentos y húmedos. Mel. Las miradas profundas. La sinceridad. Las verdades que son crueles. Irlanda e Irlanda. Las manos y la voz de Mark Knopfler. El culo de George Michel. El lunar de Clint. Gabo. La comida de mi madre. Riverdance. Los entierros con whisky. El otoño. Cagarme en dios.
Las caricias en la nuca justo donde te nace el pelo. El curry. La luz de las velas. El incienso. Mirar el horizonte y no encontrar el final. Pasear por una playa vacía. El sonido del mar. Las casas de piedra. El olor a polvos de talco. Fumar en pipa. Los viajes sorpresa. Los viajes. Mis botas de andar. Todos mis lunares. Mis rarezas. Los ojos que lo dicen todo. Los vestidos delicados. Las flores en el pelo. La curiosidad. Las porras con café recién hecho. El dinero. Reirme de mi misma. Decir tacos. Hablar de mierda. Las sorpresas. La intuición. Dejar a la gente estupefacta. La ñ.
NO ME GUSTAN:
El potaje. Las acelgas. Los tontos. Los trepas. Los advenedizos. El chocolate. Los “sinsangre”. El vino peleón. La cerveza caliente. La comida prefabricada. El calor. Mis pecas. Mi curro. Cualquier curro. El PP. Las religiones. Las mentiras. Las bragas de cuello alto. Los vaqueros ajustados. Los cuellos de cisne. Los obtusos. La incultura voluntaria. Los faltos de principios. La gente deshonesta. La gente. Que no te miren a los ojos.
El mal aliento. Que te cuelgue todo. La monotonía. La precariedad. El sexo por el sexo. Que me aburran. La sosez. Las etiquetas. Las criadillas. Matt Damon. Las rubias de bote. Lo cotidiano. Las planificaciones. El olvido. Perder. La depresión. Tele cinco. Intereconomía. La perfección. El orden enfermizo. El dolor. El verano. Los hipócritas. Los políticamente correctos. Portarme como una señorita. Que me pinchen y no me saquen sangre. Que me regañen. La vergüenza. La zozobra. Que me toquen los cojones.
El maltrato. Los perros abandonados. El calentamiento global. Los gilipollas que lo niegan. La basura en cualquier parte. Los listos. Las tías que solo comen ensalada. Ser normal. Los que priman el cuerpo sobre el cerebro. La falta de ingenio. Los eufemismos. El agua fría. Que me llamen por mi nombre. El frío en los pies. El vacío. No sentir.
Ya no escribo. He dejado de hacerlo como he dejado de hacer tantas cosas en mi vida. Ya no pinto, ya no canto, ya no lloro. Salvo cuando veo una película que me emociona. Ahí si, a moco tendido, pero eso no cuenta.
Antes escribía a destajo, en los huecos, en los intermedios, en cualquier momento y cualquier lugar. Las ideas me bullían en la cabeza y, si no las plasmaba en papel, corría el riesgo de que mi cerebro explotase y me saliese por las cuencas de los ojos y por los orificios de la nariz. Ahora ya no.
Me bulle, pero como hacia adentro. ¿Se puede bullir hacia adentro? Quizás ahora corra el riesgo de implosionar. Pudiese ser.
Bien es verdad que uno escribe cuando peor está, cuando las cosas le deprimen o cuando todo parece hundirse y, a riesgo de morirte por dentro, plasmas con palabras todo lo que te reconcome. Si eres feliz ya no escribes. Porque uno no escribe sobre las mariposas y lo bonito que es el rosa ilusión que rodea su vida. Lo vive y punto. Además, cuando uno es feliz, solo escribe memeces. No me imagino a nadie feliz escribiendo aquello de “podría escribir los versos más tristes esta noche…”
No es tampoco el caso. No he dejado de escribir porque sea feliz. Lo he dejado porque… no se. Por desidia. Por pereza. Por desencanto. Por flojez. Si hay una palabra que me defina en estos momentos es esa: floja. Soy una floja.
En mi cerebro siguen apareciendo ideas a ráfagas. Mensajes que, en otro momento, correría a plasmar en esa hoja en blanco de mi blog. Ahora no corro. Me da pereza y pienso: vale, lo haré más tarde. Y “más tarde” lo dedico a otros menesteres de la vida real y anodina que me atan de pies y manos.
Tampoco hay que echarle toda la culpa a eso. Si quisiese escribiría, pero me faltan la fuerza y las ganas. Floja, que eres una floja. Y no me altero ni me despeino cuando me lo digo. Hago una mueca de desdén y me digo: que te follen. Es lo que hay.
Mi nueva psicóloga, a la que no le tengo un cariño especial, precisamente, me diría que tiendo a cronificar mis situaciones vitales y que me acostumbro a ellas. Vamos, que lo que no me gusta de mi vida no lo cambio, simplemente me adapto a ello y subsisto con el dolor y el hastío que ello me produce. Que voy subsistiendo. O sea, que soy una floja.
Tiendo al inmovilismo pero no, como creen erróneamente los que me rodean, porque yo sea negativa. Lo que no soy es optimista. Yo ni veo el vaso medio vacío ni lo veo medio lleno. Yo, simplemente, le veo por la mitad. Yo veo la realidad tal y como es. Sí fuese negativa estaría llorando por los rincones y no saldría de mi casa ante la tristeza de mi monótona y aburrida vida. Sí fuese positiva creería que todo lo que ansío podría conseguirlo con esfuerzo y teniendo fé y pasearía mi cuerpo serrano con una estúpida sonrisa plantada en mi cara. No nos engañemos. Nunca me he distinguido por ser la alegría de la huerta. Más bien, por ser una mosca cojonera cínica y de humor muy negro..
Esa es la cuestión. Soy realista y, por lo tanto, de sobra se que no sirve de nada llorar por los rincones como también se que las cosas que quiero no van a ser posibles. Conozco mis limitaciones. Hubo un tiempo en el que esas limitaciones me destrozaban por dentro pero, ahora, ya he pasado todas las etapas del “duelo”: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Ahora acepto que las cosas son como son, que soy una floja para transformarlas. Que hay cosas que no se pueden cambiar. Que hay un tiempo para todo y que, a veces, ese tiempo se te escapa y ese tren ya no vuelve. Ya no hay un volcán en mi interior que me haga fluctuar como antes. Con esos altibajos tan similares a un TLP o a un TAB. Ahora, más bien, en vez de un volcán pareciese que estuviese recalentándose a fuego lento, en mi interior, una suerte de brea. Despacito, sin prisa pero sin pausa. Sin temor a que pueda subir la temperatura y ahogarme con dicho chapapote si es que me sube por la garganta.
He aceptado las cosas tal y como son. No puedo ser optimista. Sería muy gilipollas por mi parte sentirme optimista ante una realidad tan gris. Pero tampoco voy a destrozarme los puños como hacía antes. Es cierto que ahora parezca que me falta vida, que estoy algo apagada, como ausente. Es cierto ya que no tengo esos arrebatos de ira o euforia, según se de el día. Y que no me asaltan ideas descabelladas para poder matar el tiempo y el aburrimiento que lentamente me matan a mi. Ahora les dejo hacer y convivimos pacíficamente.
Yo le llamo mi estado latente. Estoy ahí, en mitad de un equilibrio que me mantiene serena y a flote. Ya se que muchos no lo entienden y que no lo ven una solución pero es mi solución.
En mi próxima visita tendré que explicarle esto a la psicóloga, mientras me mira por encima del hombro con ese aire de suficiencia al intentar hacerme entender que mi realidad es la que es porque yo quiero. Volveré a respirar profundo y, muy sosegadamente le responderé a todos sus ataques. Afortunadamente mi nuevo estatus me permite no enfadarme en exceso ni perder los estribos. No estaré muy viva pero tampoco estoy muerta.
Estoy justo en la mitad.
“Is fada an bóthar nach mbíonn casadh ann”.
(Proverbio irlandés: Es un largo camino el que no tiene vuelta).
Aoiffe apenas recordaba desde cuando pasaba sus noches en blanco. Giraba y giraba entre las sábanas de su cama hasta sentirse atrapada por los pies, como si estas se hubiesen convertido en lianas gigantes anudadas a sus tobillos.
Miraba al techo suplicando poder cerrar los ojos y perderse en un sueño tranquilo y eterno pero, en su lugar, solo veía danzar las figuras que las sombras proyectaban en las paredes de su habitación, jugando a deslizarse entre los rayos de la luna.
Llevaba tanto tiempo arrastrando sus pies que apenas discernía el día de la noche. Y, al finalizar el día, soñaba despierta con encontrar un agujero, un sendero misterioso, que la llevase a la profundidad de la inconsciencia para poder descansar.
Imágenes continuas asaltaban su mente mientras pasaba el día, y, entre imagen e imagen, mantenía conversaciones absurdas con ella misma o otros personajes inventados a los que no había visto nunca pero que conocía como la palma de su mano.
Y, entre conversación y conversación, transcurrían sus días y sus noches, en una continuo sendero temporal. Y, como cada noche, se metía en su cama esperando que sus ojos se cerrasen y, tras de ellos, su mente descansase. Pero nunca sucedía.
Entre el tumulto que ocasiona el cansancio y el agotamiento, entre el desconcierto y la locura, creyó escuchar una voz apagada y lejana que le repetía sin descanso: “vuelve sobre tus pasos el camino que anduviste. Vuelve sobre tus pasos hasta el comienzo. Vuelve sobre tus pasos porque te perdiste y has de encontrarte, pero solo lo harás en el preciso instante en el que descubras donde diste el primer paso que te llevó a perderte, que te sumergió en el laberinto en el que te hayas. Vuelve sobre tus pasos y cuando te mires a los ojos y te reconozcas, entonces descansarás”
En mitad de su delirio fue capaz de discernir que ya estaba entrada la noche. Se dirigió a su habitación y abrió la ventana con la esperanza de que entrase alguna brisa fresca. La luna descansaba en lo alto, rodeada de un tenue halo blanquecino y el cielo estaba más negro que nunca.
Se introdujo entre las sábanas e intentó no pensar pero fue inútil. Su mente daba vueltas alrededor del mismo intrincado matorral. Entonces respiró profundamente e intentó recordar. Desanduvo lo andado. Paso a paso, uno a uno hacia atrás. Cada tropiezo le hizo contener el aliento pero no se detuvo.
Como en un sueño vio suceder ante sus ojos todo el tiempo transcurrido. Cada detalle, cada lágrima, cada risa, y, cuando creía que el viaje no tendría fin y estaba a punto de desfallecer, vio a una jovencita sentada sobre un muro.
Le resultó tan familiar que no pudo apartar sus ojos de ella. No tendría más de 16 años, apenas una niña. Entonces se reconoció. Volvió a cerrar los ojos y, cuando los abrió, se encontró sentada en el mismo lugar donde antes se hallaba la muchacha.
Miró al frente y vio como, entre la gente, avanzaba despreocupado aquel muchacho con el pelo revuelto. Entonces el levantó la vista y se fijó en ella. Sus ojos se abrieron como platos y sintió su corazón desbocarse azorado hasta subirte por la garganta y salírsele por la boca.
Tan rápido fue que tuvo que agarrarlo con sus propias manos y tragárselo para que volviese a su sitio, en su pequeño pecho. Él la miró y aquellos ojos le resultaron muy familiares.
Entonces lo supo. Miró aquellos ojos terriblemente negros, flanqueados por aquella marejada de pestañas y recordó aquel cosquilleo hasta sentirlo.
Sintió de nuevo esa fuerza, esa angustia, esa desazón, ese ardor de las tripas, y el sudor correrle por la espalda. Aquel sudor helado.
Volvió a sentir toda aquella marea, aquellas nauseas y comprendió que hacía mucho que no sentía nada. Hasta el preciso momento en que volvió a cruzarse con aquellos ojos.
Entonces cerró los suyos y respiró profundamente.
La luna bañaba la habitación y los rayos diminutos de luz jugaban con las sombras en las paredes.
En la cama, entre las sábanas revueltas, Aoiffe respiraba pausada y tranquila. Sumergida en un profundo sueño, sonreía.
18.07.2007
Cada día nos atrapan por los pies y se deslizan hasta nuestro corazón para apretárnoslo y clavarnos sus garras. Son esas noticias que aparecen día tras otro contándonos como mueren.
Niños indefensos. Mueren a causa de las bombas. Mueren a causa del hambre. Mueren por falta de medicinas, de agua, de amor. Niños maltratados por sus padres, niños vendidos, niños prostituidos, niños violados, niños para uso y disfrute de adultos. Niños inocentes.
A la hora de la cena nos asaltan las imágenes en los telediarios. Niños buscando en las basuras, niños sujetos por madres alocadas en mitad de batallas campales, niños en soledad en sus chabolas, esperando a que sus padres lleguen de vender chatarra. Niños sin ropa, sin zapatos, sin lavar. Niños que olvidan en el asiento trasero de un coche y mueren deshidratados.
Niños que son abandonados en contenedores, niños que son asesinados apenas comienzan a respirar. Niños encontrados en bolsas de basura, semienterrados en patios traseros de casas, llenos de flores.
Niños con cuerpos y almas rotas. Niños olvidados. Niños que no volverán a serlo jamás. Niños que no serán.
Y cada uno de ellos me duele como si fuese mío. No puedo evitarlo. Me duelen en el vientre como si los hubiese parido. Me duelen como un desgarro interno lleno de alaridos. Me duelen como me duelen los hijos que no he tenido, los que no habré de tener. Me duelen como duelen los hijos cuando se ha sido madre. Cuando se han llevado dentro. Cuando has generado vida. Cuando has visto esa vida cara a cara. Me duelen como me duele la mía.
Me duelen por toda esa humanidad que no se duele de ellos, que no se apiada de ellos, que los maltrata, que los envilece, que los mancilla, que los mata, que los deja morir.
Me duelen porque cuando se es madre todos los niños duelen como si fuesen propios. Y, cada día, ese dolor se hace más insoportable.
27.10.2007-
Desgraciadamente, este texto aún sigue teniendo vigencia.
No se puede vivir con tanto veneno
La esperanza que me da tu amor
no me la dio más nadie
te juro, no miento
No se puede vivirr con tanto veneno
No se puede dedicar al alma
A acumular intentos
Pesa más la rabia que el cemento
Es cierto. No se puede vivir con tanto veneno. Porque, una vez está dentro, se retroalimenta, se hace más fuerte y lo emponzoña todo. No se puede vivir con tanto veneno porque si lo llevas dentro durante mucho tiempo, macera, se hace más intenso, se concentra hasta convertirse en esencia. En una esencia letal que lo destruye todo a su paso.
Yo vivo así. Desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo que serpiente fue la primera que me mordió y me infectó para siempre. Hace tanto, que el veneno que corre por mis venas y macera en mis tripas, podría compararse a uno de esos coñacs añejos que solo unos pocos coleccionistas pueden permitirse.
Y el veneno que no tiene vía de escape produce rabia. Ira y rabia. Y la rabia pesa más que el cemento. Es cierto. La rabia pesa y no desaparece.
Yo aprendí a callarme. A engullir todo aquello que me hacía daño o me disminuía como persona. Callaba y tragaba saliba. Y en el mismo acto de tragar me tragaba las palabras que debería haber pronunciado. Respiraba profundo y una dosis más de veneno encontraba hueco donde anidar.
Aprendí a llorar a escondidas. A apretar la mandíbula y endurecer el gesto. Y creí que mostrar abatimiento era sinónimo de debilidad. Que era mejor callar y fingir y tragar. A fuerza de hacerlo me he vuelto dura e implacable. He desarrollado un mecanismo de defensa perfecto. No dejo que nada me afecte ni que nadie se acerque lo suficiente para poder tener la posibilidad de hacerme daño. Para poder tener la posibilidad de descubrir que no soy más que un paraje arrasado y desolado.
Tiendo al silencio. Cuanta más rabia hay en mi interior, más silencio me rodea. Quizás para equilibrar la tormenta interior que llevo conmigo. Cuanto más callada estoy más estruendo hay en mi interior. Y respiro. Respiro profundo. Y procuro que nada escape. Ni siquiera las lágrimas.
Llorar es signo de debilidad y yo no soy débil. Además, ya aprendí que llorar no sirve de nada. No arregla nada. No devuelve nada. Y ya he llorado bastante.
Procuré no llorar cuando él se fue. Sí me preguntaban siempre daba la misma respuesta: es lo mejor que ha podido hacer. Y me lo creí.
Y decidí que era mejor odiarle, ignorarle y olvidarle antes que llorar o echarle de menos. Así fue durante más de treinta años. Hasta que se murió.
Morirse y empezar a resquebrajarse todo, y comprender que había construido una burbuja de cristal perfecta que ya no soportaba más golpes. Eso fue lo que ocurrió.
Comprender que no había hecho otra cosa que negarle mientras mis actos solo me llevaban a buscar quien llenase el vacío que había dejado y acallase la rabia.
Un error tras otro. Pretender que una pareja ejerza de amigo, compañero y, además padre, es un error. Y yo, inconscientemente, busqué un padre donde tan solo debería haber buscado un compañero. Y el pánico al dolor, a la pérdida, al abandono, a volver a sentir ese vacío que me quedó a los 10 años, me impidió hablar, sacar la rabia, defenderme. Y tragué y callé. Y el silencio siguió enmascarando el rugido de dentro.
No he dejado de verme como esa niña abandonada, herida, llena de odio y rabia, cada vez que me he mirado en el espejo y he reaccionado como una niña aterrada cada vez que he sentido que romper era una posibilidad.
Sí una sola palabra salía de mi boca podría desintegrarse todo, volatilizarse. Y yo volvería a ser aquella niña de 10 años a la que su 50% genético abandonó sin más.
Ahora ese 50% ya no existe. Desapareció sin dejar rastro. Tan solo una llamada de teléfono a las 7 de la mañana y la certeza de una orfandad real. Y todo lo que no lloré por él durante más de treinta años lo lloro ahora, algunas noches. Sin previo aviso me sube la angustía por la garganta y las lágrimas no me obedecen. Y le echo de menos.
Y debe ser cosa de las lágrimas que las palabras hayan empezado a salir. Y las pronuncio con tranquilidad y digo todo lo que tengo que decir, sin miedo a la pérdida, porque ya no importa perder a alguien o no. Solo importa que no me pierda a mi misma. Que no sea aquella increible mujer menguante que disminuía en cada silencio.
El veneno va saliendo poco a poco. Sin gritos, sin estridencias, pero contundente. Se que hace daño al contrario pero es necesario. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio… Tengo que dejar salir el veneno para que cese el estruendo que llevo dentro. Me cuesta. Me falta práctica.
No se si en todo este proceso tan doloroso perderé, ganaré o, simplemente, algo se salvará en este enorme naufragio. Tan solo quiero que el ruído cese. Que en mi interior se produzca el mismo silencio que me procuro en el exterior.
Tan solo quiero silencio dentro de mi. Conseguir el día perfecto.
18.10.2010 -
(Destiny sigue con la misma sonrisa y pidiendo en la misma puerta)
No consigo recordar cuando fue la primera vez que lo vimos. Lo cierto es que ya ha pasado casi un año. Estaba allí, en la puerta del Mercadona, pidiendo una ayuda con un ejemplar de “La Farola” en la mano. Lo decía muy bajito, casi con un poco de vergüenza, y sonriendo.
Desde aquel día siempre le damos algo. Jamás le cogemos el periódico. Es un pacto tácito. Ellos no mendigan, porque te ofrecen un servicio, y tu no se lo coges porque “ya estás informado”. A lo largo de estos meses ha ido engordando. No sabría decir si ha sido a causa de una mejor alimentación o, simplemente, porque come solo grasas. Lo cierto es que siempre está en esa puerta, a todas horas, haga frío o calor.
Hay quien dice que no debemos fiarnos, que vive mejor que nosotros. Yo lo dudo mucho. A fuerza de verle todos los días que voy a comprar ya nos conoce. Cuando dejo los perros amarrados a la puerta, él les echa un vistazo y me los vigila. Cuando salimos siempre es mi gorda quien le da el dinerito, como dice ella.
Me gusta que aprenda a compartir, a dar a los que no tienen, aunque solo sean unas pocas monedas. Ahora es ella la que siempre me pregunta: ¿me das dinero para darselo al señor negro? Y yo se lo doy. Él siempre le acaricia la cabeza y le revuelve el pelo diciendola: Hola, mi amigo. Aún no ha aprendido nuestro idioma.
El caso es que, a pesar de verlo tan a menudo, jamás me había parado a hablar con él, salvo un buenos dias o buenas tardes y una inclinación de cabeza. Fué él quien rompió el hielo preguntándome como se llamaban mis perros.
Intenté explicarselo pero no me entendía y, al final, acabamos hablando en inglés. Su cara se iluminó. Debe ser que el idioma le recordaba a su tierra. Empecé a preguntarle y fue así como supe que se llamaba Destiny, nombre irónico donde los haya. Si, lo reconozco, se me pasó por la cabeza el chiste fácil, “tienes un destino muy negro, Destiny”. Lo cierto es que me pareció un nombre precioso pero, sobre todo, un nombre de lo más apropiado y profético. Nos contó que había venido desde NÍger en una patera con otras 40 personas, que 21 habían muerto en el viaje. Nos contó que su padre había sido asesinado ante sus ojos y que él había conseguido huir porque también le perseguían.
Él sigue sonriendo y yo no pude evitar preguntarle si realmente estaba mejor aquí, en España, que en su pais, y él, con toda la tranquilidad del mundo y con esa sonrisa tan pacífica y calmada me dijo que si, que está mucho mejor aquí.
Y, desde el otro día, no dejo de darle vueltas, porque yo no consigo sonreir así. Porque no tengo derecho a quejarme y lo hago. Y me doy cuenta en el momento, y me digo que vivimos mejor que queremos y que somos unos desagradecidos. Pero en seguida se me olvida porque miro mi armario y me encabrono al no encuentrar que ponerme, a pesar de tener tres armarios llenos de ropa. Porque me jode no poder comprarme una casita en la montaña cuando ya tengo ésta, y duermo caliente después de cenar como dios manda. Y lo se, es lo de siempre. Me doy cuenta de que soy una privilegiada, a pesar de las hipotecas, de los recibos y de trabajar en un lugar que detesto. Soy una privilegiada. Solo tengo que mirar a Destiny a los ojos para darme cuenta.
Y, sin embargo, no soy capaz de sonreir como él. Y no me han perseguido para matarme ni han matado a mi padre ante mis propios ojos, ni he cruzado media Africa ni el Estrecho ni he visto morir a 21 personas a mi lado, y, sin embargo, no consigo sonreir como él, ni sentirme afortunada. Y no dejo de escuchar a Demi Russos y soñar con cosas que nunca quise pero que no dejo de preguntarme como habrían sido si él las hubiese compartido conmigo. Como habría sido que él bailase conmigo el día de mi boda o que hubiese llevado a mi niña a bautizar…cosas así… totalmente absurdas y sin sentido, porque yo nunca he querido pasar por la vicaría ni estoy dispuesta a bautizar a mi hija. Ni siquiera creo en dios.
El caso es que no dejo de poner esa vieja cinta de Demis Russos. La pongo cuando estoy sola porque sé que es el único momento en el que me puedo permitir llorar de verdad, llorar y dejar salir toda esa pena que arrastro desde hace un millón de siglos. Y, supongo que no tengo derecho, porque yo tengo infinitamente más suerte que Destiny.
No lo se. Lo que si se es que yo no sonrío como él.
PD: Y ahora soy yo quien le canta esta canción a mi niña.
Me encanta la fruta fresca. Todo tipo de fruta. Adoro las ciruelas rojas y muy maduras, y metermelas en la boca y cerrarla hasta que se despachurran y todo el jugo sale disparado por dentro. Me encantan las nectarinas, tan dulces, y las chirimoyas. Me chifla el melón, pero muy maduro y dulce. Muy dulce. Avinao, como dice mi madre. Y la sandía, roja, muy roja, y comerme el corazón a bocados y ver como se me cae el caldillo por las comisuras de la boca, tan jugosa y fresca.
Las naranjas bien jugositas y las mandarinas muy ácidas. Me encantan las manzanas verdes. Esas que están tremendamente ácidas y que, cuando les clavas los dientes, tienes que hacer fuerza para llevarte el trozo y sale el jugo pelín fuerte. Tan fuerte que te hace entornar los ojos. Me encantan las futas rojas, las cerezas, las picotas, las moras y las grosellas.
Me encanta cogerlas cuando voy a Segovia, al Espinar, y están por todas partes. No me importa clavarme los pinchos ni arañarme con las zarzas las piernas y los brazos, porque al final tendré la boca repleta de esas pequeñas frutas negras y rojas, tan dulces y salvajes. Y me siento como una niña traviesa en busca de un premio.
Pero lo que más me gusta son las fresas y los fresones. No puedo contenerme. Tan rojas y brillantes, con sus puntitos amarillos salpicando su brillante textura. Me encantan las fresas y siempre que las como o las veo me recuerdan a Manolín.
Cuando tenía 16 años mi madre se empeñaba en que bajase con ella al mercado. Por entonces aún seguíamos yendo a comprar al mercado. Nada de Carrefour ni Mercadona, ni Hipercores. Se iba a La Plaza o al Mercado y había que ir pidiendo la vez en todos los puestos. Así que a mi me tocaba ir aguantando mientras mi madre compraba en uno y otro sitio.Pero mi madre quería que bajase con ella porque si iba yo, en la frutería le despachaban mejor. Asi que allí estaba yo todos los viernes por la tarde, después de salir del instituto, cargando con las bolsas de la compra y haciendo cola.
Cuando legabamos a la frutería mi madre y la frutera siempre se reían de una manera muy cómplice. Alli estaba el ayudante de la frutera, su sobrino. El muchacho se llamaba Manolo pero ella le llamaba cariñosamente Manolín.
Manolín era tremendamente tímido y su tía contaba excelencias de él. Que era un buen hijo, buen estudiante y buena gente. Y realmente lo parecía. Debía ser un año mayor que yo. Y era majo, y bastante alto. Yo me sentía algo violenta cada vez que veía como me miraba. Con esos ojos abiertos de par en par y tan fijos.
Mi madre le hacía comentarios sobre mi y el pobre se ponía tan rojo como los pimientos que vendía. Generalmente era él el que nos atendia y siempre elegía la fruta con mucho cuidado. Al principio no me di cuenta, pero luego comprobé que se aprendió mis gustos y siempre me ponía la fruta como a mi me gustaba.
Un viernes tenían fresas. Debió de darse cuenta como las mraba porque me ofreció una. Cuando me la comí él se rió mucho y sin esa vergüenza que parecía tener siempre. Me imagino que puse una cara de gula increible. A partir de ahí siempre me escogió las fresas. Me las daba muy rojas y duritas, en su punto y siempre me regalaba unas cuantas para que me las comiese mientras esperábamos nuestro turno.A mi me hacía sentir un poco mal, porque, a pesar de que parecía un chico estupendo, yo ya había sucumbido a los encantos de aquel chico del instituto. El de los ojos negros y largas pestañas que jamás me hizo caso.
Una vez mi madre y su tía consiguieron liarnos y quedamos. Él y un amigo suyo y una amiga mía y yo. La cita fue un desastre. Fuimos al cine y su amigo era tan soso como él. Bueno, él no era soso, solo tremendamente tímido.
Seguimos siendo amigos y yo seguí bajando a la frutería a comprar. Empezamos a intercambiar música y teníamos gustos similares, asi que, entre fresas y naranjas, empezamos a pasarnos cintas del Boss, de Communards, de Crissy Hynde y a conocernos un poco. Aún conservo todas las casettes.
Yo seguí enamorada del chico del instituto, el de los ojos casi tan negros como su alma, y Manolín siguió mirándome de aquella manera durante mucho tiempo. Ahora ya no se me ocurre decir que a mi nadie me quiso. Creo que él si lo hizo. Igual que yo quería al de los ojos negros. Supongo que fuí su primer amor frustrado y me da mucha pena y una especie de sentimiento de culpa.Durante varios años seguimos el mismo ritual todos los viernes. El parecía estar siempre esperando que yo llegase y a mi me daba una vergüenza horrible y un poco de desasosiego, porque en el fondo me sentía muy violenta. Me incomodaba saber qie ese chico sentía algo por mi y yo no, y luego los comentarios jocosos de mi madre y su tía.
Un día no apareció por la frutería. Le tocó hacer la mili. Así que la fruta ya no me la elegia él. Unos meses después su tía estaba muy compungida y entre lágrimas le dijo a mi madre que Manolín estaba ingresado en el Gómez Ulla. Le habían detectado pólipos en la garganta y le iban a operar. Cuando le operaron los pólipos resultaron ser cáncer.
Su tía me preguntó si quería ir a verle y yo le dije que sí. De pronto pensé que tal vez le alegrase verme. Cuando entré por la puerta de la habitación me encontré con él. En sus ojos había alegría y a la vez vergüenza y nerviosismo. Tenía el cuello abierto de oreja a oreja y cosido con unas grapas enormes.
Hice como que todo era normal y le planté dos besos. Le habían afeitado la cabeza y le habían pintado unas rayas de color del yodo por el cuello y la cabeza para darle la radioterapia. Durante mucho tiempo estuvo en tratamiento y eso le debilitó físicamente. Su cuello se estrechó y tenía la piel totalmente quemada.
Le licenciaron y ya apenas volvió por la frutería. A veces nos encontrabamos en el mercado y nos contabamos de nuestra vida. Un día me presentó a su novia, con la que se iba a casar, pero en sus ojos estaba aún esa mirada. Supongo que le pasaba un poco como a mi. Que ya no sentía aquello que sentía cuando me veía pero el gusanillo que te corre por la tripa cuando ves a ese primer amor no te desaparece nunca.
Luego fui a vivir sola y un tiempo después con mi pareja. A veces acompañaba a mi madre al mercado y preguntaba por Manolín, y su tía nos decía que estaba bien, que se había casado y que el cáncer había remitido. A mi me daba alegría y siempre le daba recuerdos para él.
La última vez que le vi estaba más delgado y algo desmejorado, pero sus ojos se volvieron a abrir como platos. Igual que se me abrirían a mi si viese a aquel chaval del instituto.
Un tiempo después su tia nos dijo a mi madre y a mi que el cáncer había vuelto a aparecer y que estaba otra vez con la quimioterapia. Yo siempre le preguntaba que tal seguía, pero la última vez que lo hice se echó a llorar. La quimioterapia no lo frenaba y estaba cada vez peor. Se había quedado muy delgado y sin pelo y le daba vergüenza que le viesen.
Estuve tentada de ir al hospital, pero en el último momento desistí. Pensé que, a pesar de todo, no le gustaría que le viese así, como a mi no me gustaría que me huviese visto de esa manera aquel chico. Aunque me hubiese gustado ir y darle un beso de despedida.
Así que no le volví a ver. Unos días después mi madre me dijo que Manolín había muerto. No había tenido hijos y apenas había llegado a los 30 años. Era una buena persona y parecía tremendamente cariñoso.
Yo he seguido con mi vida y, aunque no sentí nada especial por él, de vez en cuando le recuerdo. Lo cierto es que no he vuelto a comer fresas tan especiales como las que él me obsequiaba.
No se si hay cielo, o si cuando morimos vamos a algún sitio especial y, aunque creo en dios, a veces me asaltan las dudas de si realmente hay algo más una vez que morimos, pero estoy segura de que si lo hay, el día que me toque el turno, Manolín estará rodeado de jugosas fresas esperando para invitarme, y seguirá teniendo esa tímida sonrisa y esa mirada sorprendida.
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Abril 2008 - Otra vez es temporada de fresas y me ha venido a la memoría este texto. Lo escribí hace un par de años en otro lugar. Sigo recordándole de vez en cuando aunque ya no me pregunto tanto si dios existe o no. Cada vez creo menos y cada vez tengo menos fé aunque sigo creyendo en las fresas rojas y jugosas. Y esta canción la he escuchado hoy, después de un millón de años y me he recordado que fue precisamente él el que me prestó el Cofre de Bruce Springsteen, y fue ése préstamo el que me descubrió esta maravillosa versión.
26.09.2011- Y por fín me he comprado el cofre. Encontré el otro día en el Corte Inglés esa joya por 10 euros y volví a acordarme de Manolín y no pude evitar comprarlo.
Ya estoy segura. No creo en dios y no tengo fé en nada, pero sigo creyendo en las fresas rojas y jugosas.
Hace meses que mi voz no es la que era. Desde el otoño pasado no tiene el mismo timbre ni la misma “consistencia”.
Desde hace años, con la llegada del frío, mi garganta sufre una especie de metamorfosis. Carraspeo constantemente, sufro afonías y, cuando estoy hablando, sin previo aviso, mi voz se torna en un hilo imperceptible que se pierde en una especie de ahogamiento.
Sin embargo, desde el año pasado, mi voz no ha regresado. Ha perdido fuerza. Se ha vuelto más ronca y dura y desaparece ante mi asombro e indignación. Y me indigno porque me jode sobremanera quedarme en un ahogo. En esa especie de estertor que no llega a ser la muerte pero casi.
Me cuesta reconocer esos sonidos como propios y me asombro de que salgan de mi garganta y no provengan de la garganta de otra. Esa voz no es la mía.
No puedo cantar. Siempre lo he hecho fatal pero ahora ni siquiera llego a entonar las letras. Mi boca gesticula. Articula las palabras pero de mi garganta no sale sonido alguno. Como si, de repente, mis cuerdas vocales hubiesen decidido ponerse en huelga todas a una.
Soy de naturaleza perezosa y me cuesta un mundo ir al médico pero, en vista de que, cada vez, se me oye menos, he decidido ir al otorrino. De paso le diré que me mire el oído porque últimamente tampoco oigo lo que me dicen y ando poniéndome la mano a modo de trompetilla y preguntando -¿eh? –a todo el mundo, acompañándolo con un gesto de interrogación en el rostro.
Lo que me preocupa realmente no es que tenga alguna lesión en la garganta de tanto catarro y resfriados que atesoro a mis espaldas. Me preocupa más que sea algo psicosomático y que me esté quedando muda, paulatinamente, como efecto secundario o reflejo de las veces que me quedo muda retóricamente.
Que sea por causa de todas las palabras que me trago, que se ahogan en mi garganta y que prefiero no pronunciar. Que sea a causa de las veces que me obligo a silenciar mi voz.
A menudo opto por ese silencio mientras todas esas palabras pugnan por salir. Me da miedo la fuerza con la que empujan y no ser capaz de controlarlas. Mi boca se asemeja a la Caja de Pandora y procuro cerrarla firmemente antes de que el huracán de mi ira lo arrase todo. Por que las palabras no se las lleva el viento. Nunca se las lleva. Al contrario. Quedan flotando, suspendidas, apenas imperceptibles, para precipitarse sobre nosotros cada vez que se activa el resorte de la memoria, descuadrándonos las cuentas, el debe y el haber.
Las ahogo y me las trago porque una fuerza amorfa e imprecisa me impulsa a hacerlo. Como un sexto sentido que dispara un resorte que me dice: si traspasas esa línea no habrá vuelta atrás. Y entonces ya nada tendrá remedio.
Una vez pronunciadas, las palabras se quedan tatuadas en la memoria.
No sé que es lo que me provoca esta mudez. No se que es lo que me paraliza. Es la misma pregunta que me hace la psicóloga una y otra vez. Y yo sigo sin saber que responder. Sigo sin saber lidiar con mi parte irracional, la de los sentimientos. Sigo siendo una hidra cuando estos afloran y me da miedo mi propia violencia incontrolable.
Ya ha llegado el otoño y, con él, se ha agrabado la afonía, mi garganta y mi estómago. Han vuelto los vómitos matinales. Esos que me sobrevienen sin ton ni son cada mañana en ayunas. Y no expulso nada porque nada hay en mi estómago, excepto un montón de palabras que me trago.
Cuanto echo de menos poder cantar, aunque lo haga mal.
No hace más de un año habría escrito inmediatamente sobre el 6º aniversario de mi hija. Hoy en día me falta el tiempo y la inspiración.
Me he vuelto más vaga si cabe y, al caer el día, me pesan los párpados y mi cuerpo no parece tener cuarenta y un años, sino veinte más.
No se si es a causa del ritmo vertiginoso del día a día o, por el contrario, de mi agotamiento y envejecimiento cerebral. Tal vez sea porque el ritmo vertiginoso, en realidad, al final de la jornada, me lleva a una consecución de los mismos hechos repetidos. O sea, seguimos con el día de la marmota. En realidad, nunca pasa nada.
Lo cierto es que el agotamiento mental tiene mucho que ver. En este último año me he vuelto más sarcástica, más irónica y me he deshumanizado más si cabe. El vivir rodeada de viejos, prácticamente todo el día, me ha hecho percibir la vida de otra manera. Más fría, más práctica, más aséptica,más distante.
Lo miro todo de una manera más cerebral, lo analizo y lo enfoco desde un punto de vista más racional, dejando a un lado, más bien en un rincón, mi lado más sensible. Más visceral. También es verdad que he sufrido una hecatombe interior. Llevo un mas de un año “rebuillía”, como diría una compañera mía.
Mi psicóloga dice que soy muy hábil para “escapar” y zafarme de mis sentimientos. Dice que se me da de miedo buscar subterfugios y racionalizar las cosas para no enfrentarme a mi parte más visceral. Esa que soy incapaz de controlar porque, cuando la dejo salir, soy como una mala bestia y Pandora parece una mera aficionada a mi lado. Dice que se me da de perlas buscar razones y justficaciones para encontrarle un sentido a todo y así no tener que enfadarme o, simplemente, estallar y perder el control. Soy muy buena en lo racional.. ¡quien me lo iba a decir a mi¡¡ Y resulta que donde soy una negada es en los sentimientos. Se escapan a mi control y odio perder el control. No se como enfrentarme a ellos.
Lo cierto es que me sorprende muchísimo que todavía haya personas que, pasados los cuarenta, sigan confiando y teniendo fé. Que mantengan sus ilusiones o que se sientan como colegiales ante el amor. Admirable.
No. Mi lado cínico no me permite pensar ni creer que es así. Yo no empleo esa palabra: admirable. Yo no dejo de repetirme que es un error. No me sale el lado humano ni la parte “que confía”. No es que me esfuerce en ser una cabrona y una escéptica. Es que me sale de natural la vena insensible. A veces House parece una hermanita de la caridad a mi lado.
Sin embargo, hay una personita que consigue que sonría como una niña chica. Hay alguien que me hace sentir como un ser inocente y lleno de ilusión.
Mi gorda cumplió seis años el once de mayo y yo no he tenido ni tiempo, ni ganas, hasta hoy, de escribir unas letras sobre ello. Así de miserable se ha vuelto todo.
Seis años que han quedado grabados en miles de fotografías y en mi corazón. Seis años para atesorar cada momento en mi mente y procurar no olvidarlo. A veces me entra pánico cuando veo que soy incapaz de recordar muchas cosas y me recrimino el haber permitido olvidar ciertos momentos o detalles de su infancia.
Ella sigue siendo lo mejor que he hecho en esta vida y, seguramente, no volveré a hacer nada tan perfecto. Es la que me arranca una sonrisa aunque no tenga el día para sonreir. La que me hace aplaudir hasta rabiar cuando se viste de faralaes y canta “corre, corre, caballito“, y me sorprende lo mucho que se parece a Marisol, a la que admira profundamente, y cuyas películas me trago sin rechistar, una y otra vez, solo por ver la cara de felicidad de mi niña.
Ella es la que ha conseguido que me convierta en una de esas madres que yo tanto odiaba. Una madre babeante que grita como una posesa cuando está subida en un escenario, vestida de bailarina, tan perfecta. La que saca mi lado más vergonzoso y ha conseguido que me vista de payaso o abeja para sus amigas sin que me tiemblen las piernas o el pulso.
Ha pasado un año más e, irremediablemente, es un año menos para disfrutar de ella. Si, soy negativa. En eso no voy a cambiar. Ella se hace mayor y yo más vieja y es ley de vida. Ella se alejará y comenzará a vivir sin depender de mi todo el tiempo. Llegará el día en el que ya no me comerá a besos ni me pedirá acostarse conmigo “en la cama grande”. Llegará el día en el que ya no me pedirá que la abrace mientras duerme ni que me coma a besos y me abrace con fuerza mientras me dice que me quiere mucho. Llegará el día en el que no me pida que le lleve “una sorpresita” cuando salga del trabajo. Quizás, porque pienso todas estas cosas cuando la miro, la consiento en demasía. No la castigo todo lo que debiera y me vuelvo blanda ante sus lágrimas.
Es algo que no puedo soportar. Ella lo sabe. Es lista. Demasiado lista y observadora. Las caza al vuelo. Llora y se le inundan esos enormes ojos azules y yo me ablando y no sirvo para imponerme.
Tengo que volverme más dura con ella. En breve. No tardando mucho. Pero, por ahora, voy a seguir permitiendo que, de vez en cuando, duerma conmigo en “la cama grande” antes de que no sea a mi a quien le pida que la abrace mientras duerme.
Empiezo a creer que, si destapase la lata de gusanos en la que se ha convertido mi cerebro, un millón de huevos eclosionarían dejando escapar a todas esas larvas infectas que lo devorarían todo. Se extenderían sin remedio hasta el final de lo que mi vista abarca, sin que yo pudiese remediarlo, dejando a su paso un rastro de podredumbre y destrucción. Un estercolero de materia en descomposición imposible de borrar sin mancharte antes las manos.
Procuro mantenerla cerrada, escuchando como esos asquerosos gusanos se afanan por salir del cubículo oscuro donde los tengo confinados. Los escucho rascando con sus patitas en mi cabeza “ris, ris, ris”, muy despacito. Los muy imbéciles creen que no les oigo y que, si no hacen ruido, acabaré por bajar la guardia y ellos podrán extender su manto repugnante sobre todo lo que me rodea. Podrán salir al exterior.
No saben con quien se las gastan. Yo siempre estoy alerta.
Últimamente he notado que dentro de mis tripas hay algo que pugna por salir. Es como un vómito viscoso que repta por mi esófago hacia arriba buscando la luz que se cuela por mi garganta. Muchas veces está a punto de conseguirlo pero cierro la boca a tiempo de cortarle el camino a ese bicho asqueroso. Cree que no me he dado cuenta de lo que pretende pero yo soy más listo. Se ha figurado que no me percato de nada pero estoy seguro. Está esperando a llegar a mis cuerdas vocales para tomar forma y hacerse audible.
Los gusanos se han confabulado con ese monstruo que habita en mi estómago y le han susurrado que, si consigue salir al exterior, se convertirá en un sonido atronador que lo devastará todo. Pero yo no voy a permitir que me ganen terreno. Mantendré la boca bien cerrada, aunque eso me esté destrozando el hígado y mi vesícula biliar no deje de expulsar ese líquido amarillento que me amarga las mañanas y que me obliga a doblarme sobre mi mismo cada día mientras contemplo el vacío que esconde mi taza del bater.
Siempre me pregunto que habrá más allá, donde se dobla justo el codo y se pierde toda la mierda que vomito. A veces me imagino que todos esos pensamientos que provocan los gusanos y que me aturden y alimentan al bicho que se esconde en mis tripas, salen por mi boca llevándose toda esa ira creciente que queda atrapada en mi cuerpo. Que caen al inodoro y que desaparecen arrastrados por un remolino de agua al tirar de la cadena, mientras en mi cara se dibuja una irónica sonrisa al comprobar que, toda esa bazofia que me envenena, ha desaparecido para perderse en alguna cloaca de la ciudad.
Sin embargo solo es una ilusión. Los gusanos siguen perforando mi cerebro y ese bicho sigue creciendo en mis tripas, alimentándose con mis pensamientos incontrolados, creciendo a medida que aumenta mi rabia, pero aún no hay peligro. Mi piel puede estirarse todavía más sin correr el riesgo de que estalle y la furia salga.
No obstante, esta mañana he observado que el botón del pantalón me apretaba y que el nudo de la corbata me venía estrecho. Siento como si me estuviese hinchando por días. Yo sigo callado, aguantando. Ellos no lo saben, pero tengo un plan. Cada día finjo que leo la prensa mientras calculo cuanto queda para que mi cuerpo se abra como la piel de un higo maduro y supure todo ese líquido que me corroe. Estoy seguro que ocurrirá en casa pero, si ocurriera en el trayecto al trabajo, hay un sitio que parece haya sido creado especialmente para mi.
Frente a las escaleras de bajada al andén del metro hay unas marcas de color rojo en las paredes. Nicho 8, nicho 10, nicho 12… Aparentemente es una pared, sin resquicios, sin aberturas, sin nada que indique que puedas acceder a su interior. Yo se que el mío es el nicho 10. Lo miro cada mañana de soslayo y respiro más tranquilo, incluso cejan las taquicardias. Se que, si estoy a punto de estallar, siempre me puedo meter allí impidiendo que mi podredumbre pueda llegar al resto del mundo.