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Balance

No voy ha escribir el típico post sobre las expectativas del nuevo año ni sobre los proyectos para el mismo. Ya se que en esta época es lo típico. Plantearse las nuevas metas: adelgazar, dejar de fumar, quererse más, cambiarse el color de pelo, etc, etc, etc. Como diría un personaje al que adoro: ¡PAPARRUCHAS¡¡

Ya escribí hace tiempo sobre los proyectos para año nuevo (Hope, a ver si acabas de colgar mis post perdidos, jajajaj). No tengo proyectos para el próximo año. Bueno, uno si pero no voy a hablar de él porque no es solo un proyecto, es una necesidad que sale de lo más profundo de mi ser.

Creo que, más bien, voy a hacer balance de este año y de mi vida. Lo cierto es que no sabría decir si ha sido un buen año o un mal año. No, no he ido a Irlanda. Me temo que ese sueño tendrá que esperar. Honestamente no creo que sea el momento de ir. Creo que necesito un estado de comunión conmigo misma que aún no he conseguido. Para ir a Irlanda necesito cierta paz que estoy en camino de conseguir. Cuando consiga poner mis pies en ese país quiero hacerlo con la absoluta convicción de que nada ni nadie enturbiará mi estancia ni me distraerá y, mucho menos, la amargará. El día que mis pies pisen esa tierra mágica todos mis sentidos estarán plenamente centrados en aquello que vean mis ojos, que respire mi nariz, que escuchen mis oidos, que sientan mis pies. No, ahora no es el momento.

Mi trabajo no es el soñado pero he conseguido conciliar lo aburrido y anodino del mismo con las diferentes personalidades de mis compañeros. No tengo un trabajo divertido y, mucho menos creativo, pero tengo compañeras a las que no les divierte lo que hacen, y todas juntas hemos conseguido darle un poco de chispa a toda esa mediocridad. Asi que, en medio de todo ese aburrimiento, hemos creado una especie de equipo que se dedica a montar espectáculos, actuaciones y recrear escenarios coloristas, lo que ha resultado del todo enriquecedor. Baste decir que una tía tan antinavidades como yo ha acabado este año presentando una supergala de navidad disfrazada de arbolito navideño, con bolas incluídas.

Creo que este año he conseguido quererme un poco más o, al menos, ser más firme con mis criterios. Me explico. Ahora, bueno, siempre he defendido mis creencias y convicciones, pero ahora lo hago con una vehemencia increible. Antes dudaba. Me mordía la lengua antes de decir mis opiniones, entre otras cosas porque siempre son contrarias a la mayoría. Siempre contra corriente, siempre a la contra. Eso resulta agotador. Ahora ya no. Ya no me agota luchar ni me agota mantener mis opiniones y mis ideas. Muy al contrario, ahora ataco, me documento, intento convencer al contrario. ¡Joder¡ a veces me sorprendo porque parezco un político en pleno debate electoral. Lucho y defiendo mis ideas y, lo mejor de todo, ya nadie me convence de lo contrario. Nadie me hace dudar.

Si, ahora estoy más segura de todo, más segura de las cosas en las que creo. Ahora ya no creo en la posibilidad de estar equivocada porque la mayoría piense distinto o porque la mayoría sigan un camino diferente al mio. Ahora se que no soy una oveja, que no soy un carnero al que cualquier pastor indique el camino por el que ha de pasear.

No soy más feliz. Sigo pensando que solo los tontos y los simples son capaces de ser felices (por mucho que Tiemacil se empeñe en decir lo contrario). Se que lo que tengo no es lo que he soñado, como se que es difícil que yo pueda alcanzar mis sueños. Entre otras cosas porque ya he aprendido que es prácticamente imposible que alguien como yo pueda ser feliz. No me conformo con nada y siempre sueño con aquello que no puedo alcanzar. Es la condena que sufren las mentes inquietas, soñadoras y poco comunes. No soy como los demás. Lo se. Durante mucho tiempo creí que eso era como una condena. Hoy estoy convencida de que es un don.

Por eso se que voy por el buen camino. Que tarde o temprano encontraré el punto justo, el justo medio en el que yo me halle en equilibrio. Ahora se que no hay nada malo en ser distinta. Ahora me acepto y, además, me siento orgullosa de no ser como la masa, de no pensar igual que ellos.

Tengo un duende chiquitín que enriquece mi vida hasta límites insospechados. Una niña que es una princesa y que ha salido de mi. Tiene una sonrisa que brilla con mil destellos y unos ojos azules, tan azules, que asustan por la fuerza que desparraman. Es magia pura y esa magia ha salido de mis entrañas. Es lo único, lo más perfecto, lo más maravilloso que he creado. Jamás podré crear nada mejor pero es que es imposible hacer nada mejor en la vida ni nada por lo que sentirse más orgulloso.

Ella es mi obra y cada vez que la mira siento como si mi cuerpo se hinchase y estuviese a punto de estallar en mil pedacitos a la velocidad de la luz. Ella me da la fuerza suficiente para seguir cada día y hacerlo sonriendo pero, sobre todo, me da la fuerza para luchar y para sentirme orgullosa de ser como soy y de ser su madre. Quiero ser una persona increible solo para que ella, el día de mañana, se sienta tremendamente orgullosa de mi y pueda iluminarsele el rostro cuando diga: esta es mi madre.

Podré hacer miles de cosas en esta vida pero jamás podré superar haberla hecho a ella. Yo si que puedo decir que conseguí mi mayor meta.

Estoy convencida, la felicidad no existe pero, a veces, podemos rozarla con la punta de los dedos. Y eso ya es todo un lujo.

FELIZ AÑO A TODOS

Categorías: reflexiones

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